Ella, que se baña con burkini

El mar.

Pocas cosas te hacen sentir más libre que bañarte en un mar abierto. La inmensidad de sus aguas, el horizonte lejano e inacabable, el movimiento descontrolado de las olas y corrientes que sientes en tus piernas.. es una vivencia difícil de explicar. Cuando te ves sometida a esa pregunta por personas que viven en zonas del mundo donde jamás han visto el mar, tu cara de sorpresa y tu silencio inicial son automáticos. ¿Cómo explicarlo?

Bañarse en el mar es liberador. En la playa, lejos de resorts, hamacas de pago y bañadores de marca, todos nos parecemos un poco más. Todos sudamos si el sol quema, todos saltamos al tocar el agua helada, todos nos esforzamos por no dejar que la corriente nos arrastre.

En la playa, pese a la poca ropa que la mayoría llevamos, hay multitud de posibles vestimentas. He visto a poblados bañarse todos desnudos en zonas del África Occidental. A mujeres judías ultraortodoxas entrar en el agua de Jaffa (Israel) sintiendo el frío del agua pese a sus ropas largas y pesadas. A mujeres musulmanas en Gaza disfrutar de bañarse junto a sus hijos: ellas cubiertas, ellos no. Me he bañado junto a amigos brasileños. Ellas tanga casi invisible pero siempre con parte de arriba. Ellos slip de nadador. Me he bañado con amigos americanos cuyos bañadores acababan en la rodilla y se ponían camiseta para no quemarse. Y ellas llevaban bañadores tan cerrados y largos en las caderas como se hacía aquí en los años 20. Me he bañado con amigos surferos cubiertos de neopreno y me he bañado junto a familias gitanas cuyas mujeres llevan vestidos y mallas para cubrirse. Me he bañado con occidentales casi desnudos junto a familias musulmanas en el Mar Rojo. He corrido desnuda junto a amigos, saliendo de una sauna en una cabaña de madera para saltar a un gélido lago finlandés. Todas estas indumentarias no representan ni un pequeño porcentaje de la humanidad.

IMG_4168Pero me he bañado junto a ellos. Y lo único que todos, sin excepción alguna, tenían en común era la sonrisa. La sonrisa de entrar en el mar y vivir lo conocido pero siempre inesperado.

Prohibir alguna de esas indumentarias es prohibir el acceso a esa libertad. A bañarse en el mar y sentirse libre. Habrá mujeres que lleven el burkini en la playa por decisión propia. Habrá que lo lleven obligadas. Precisamente éstas, son las que reciben doble castigo con la prohibición. Se me ocurren pocas cosas más liberadoras para alguien que lleva un burka por obligación social, familiar o religiosa que poder bañarse en el mar.

La imagino a ella, bajo ese pesado ropaje que en verano debe ser asfixiante. La imagino sudando bajo esa soga textil. La imagino andando por la calle y viendo a chicas en tirantes y pantalón corto, vestido fresco, sandalias. La imagino pasando por todo eso pensando… “en unos días, iré a la costa”. Y llegar allí, y bañarse. Y debajo de sus pesadas ropas, sonreír. Saberse un poco más libre. Porque en el agua, la ropa se hincha y ella siente de nuevo su cuerpo moviéndose libre.

Prohibir el burkini, el vestido, la capa, sólo hará que esas personas no vuelvan a la playa. No hará que abandonen sus ropas, no seamos naif. Quien lo lleva por decisión propia no vulnerará sus principios por una imposición. Al contrario, es esa imposición la que vulnera su derecho a libertad individual. Quien lo lleva obligada, será obligada a quedarse en casa mientras ellos sí irán a la playa y se bañarán libremente. En esto, prohibir no soluciona nada, sólo inflige un doble castigo en quienes ya sufren: mujeres y musulmanas.

Y el mar abierto continuará ahí, abierto, sujeto a quienes lo legislan y le ponen barreras.

 

Algunos de los que me encariñé

Yo soy muy de encariñarme. Mucho. Me encariño con cosas y con personas, con lugares y con momentos, con sensaciones u olores. Las almaceno en mi memoria junto a una etiqueta que dice “cariño” y que cuando en algún momento inesperado las rescata del archivo y las trae a mi mente, hace que mi boca esboce una sonrisa y mis ojos se arruguen en los extremos. Y, por unos instantes, revivo la felicidad que sentí en ese momento.

Me encariño con las calles que recorro a diario durante una etapa de mi vida. Me encariño con compañeros con los que trabajo durante una semana en otro lugar del mundo y a los que, probablemente, no volveré a ver. Pero me encariño. Me encariño con los alumnos que pasan por mis aulas y con aquellos con quienes compartí horas de estudio, viajes en autocar. Y mantengo el contacto y de forma más o menos asidua me intereso por sus vidas. No con todos, claro está. Son demasiados lugares, demasiadas personas y demasiadas sensaciones. Y, además, no todo deja la misma huella en ti. Tampoco todo merece ser recordado. Pero aquello que consigue mi encariñamiento queda ahí, en algún lugar de mi corazón. Los encariñamientos a los que someto a mi corazón se acumulan en departamentos distintos. Las hermanas, familia, amigos… reciben las muestras de tu cariño con normalidad porque se saben receptores.

Pero el corazón también vive del amor sentimental y ahí esos receptores no siempre son conscientes de serlo. En realidad, no sería un problema si, como rezan siempre las revistas “para mujeres”, me gustasen los malotes. Los Danny Succos de turno. Entonces me daría fácilmente cuenta de mi equivocación o me llevaría tal golpe que quedaría escarmentada y se acabaría el error. Pero no, nunca me gustaron los chicos malos. Me gustaban los tímidos, los que no hablaban con mucha gente o aquellos que desprendían un cierto misterio. Ahí entraba yo con mi arsenal sociable (o eso he sabido después de años y previo pago de terapeuta) creyendo que podíamos compensarnos. Que me haría imprescindible en sus vidas y así seguiríamos juntos para siempre. Cuando aprendí esa lección (si es que la he aprendido), entendí que ni todo el mundo quiere “ser salvado” socialmente ni es bueno ser imprescindible para alguien. Esa otra persona tiene que querer tenerte a su lado, no necesitarlo.

Ahí sigo, con los años. Conociendo a personas que, aunque desde el primer momento sé que no serán mi compañero de vida, consiguen rápidamente mi cariño. Zas. Error. Debería ver una luz roja delante de mí diciendo “¡peligro, peligro, peligro!!”

Yo no veo las luces. O si las veo, las aparto como moscas. Y me estrello de frente. Porque si la historia y el escenario acompañan ya estoy yo encariñándome. Aunque sepa que esto no va a ningún lugar y que de aquí a dos días cada uno por su lado y tan amigos. Yo me encariño. Y me involucro. Y cuando el que no ha pedido ser encariñado simplemente desaparece, lo paso mal. Me preocupo e intento racionalizarlo. ¿Por qué iba a renunciar a mi cariño así, sin avisar? ¿No se da cuenta del error? Como no recibo respuestas, mi mente inicia el duro proceso de desencariñarme. Y lo suyo me cuesta.

Ahora que me sé bien la teoría, sé que en algún momento los astros se alinearán y conoceré a alguien que, además de gustarme, no me necesite. Pero que me quiera a su lado. Porque sí. Y entonces mi encariñamiento no caerá en saco roto sino que estará justo donde debía estar.

 

 

Y me gustaba Madrid…

Me gustaba Madrid.

Llegué para no quedarme igual que me voy para no dejarte.

Me gustaba Madrid. Fue mi primer viaje pagado por mí. A los diecisiete, con una amiga del instituto. Vinimos en avión y nos alojamos en casa de unos tíos suyos. Madrid me pareció grande, enorme, por descubrir. Desde entonces, y con los años, vine muchas veces más. Por gusto, por trabajo, por traer a mi abuela a ver musicales… sí, en Barcelona también los hay. Pero mi abuela es de esas mujeres a la que les gusta ponerse sus mejores galas, llegar a una Gran Vía llena de luces, tráfico, bullicio.. y entrar en un teatro sintiendo que hace algo especial. Así que yo la traía por navidades.

Me gustaba Madrid pero nunca pensé que viviría aquí. Tampoco lo contrario, simplemente no entraba en mis planes.

Y así, hace ahora tres años, llegué. Vine casi por casualidad, debía ser algo temporal y de sólo seis meses. Me volví a casa pensando “pues han estado bien”. Y me llamaron para ofrecerme un contrato. En Madrid nadie me ha preguntado nunca por mi apellido, de dónde vengo o a dónde voy. Leyeron mi CV y me contrataron. Y después vinieron más. Y así, sin darme cuenta, han pasado tres años.

No he sido justa con Madrid, no era mi primera opción y llegué enfadada por llegar. En situación precaria y temporal, no le di muchas oportunidades. No lo disfruté como debería haber hecho. Ha sido sólo el último año que he empezado a sentir que ya tenía “mi gente” en Madrid. Esa gente a la que puedes llamar para cualquier cosa y que no se reducía a los dos o tres amigos que ya traías antes de llegar y de los que con toda seguridad abusas al principio. Ha sido ahora que empiezo a saberme los barrios más allá de las paradas de metro. A poder decirle al taxista por dónde quiero ir. A que en la farmacia sepan lo que voy a pedir al verme entrar. Y ahora, que empezabas a ser un poco mío, me voy…

Quien sabe, quizás vuelvo antes de lo esperado. Quien sabe, quizás algún día me instalo aquí definitivamente. Por ahora, me voy con la sensación de que, aunque pensé lo contrario, ya te echo de menos.

Y me gustaba Madrid.

Los novios de comedor

Hace un par de años, cuando el mundo virtual y el analógico no tenían apenas diferencia para mí, decidí abrir una cuenta en Twitter. Hasta entonces, mi vida en las redes se había limitado a un perfil en facebook, algún intento no demasiado exitoso de blog y perfiles como usuaria aquí y allí. Poco más. Unas amigas en Inglaterra intentaron que abriera mi mente (y mi corazón, tiempo y energía) al on-line dating pero no pasó de un perfil, algunas conversaciones que no llevaban a ningún lado y un pánico irremediable a quedar con alguien desconocido. Así que me limitaba a las interacciones en facebook, donde conozco a todos mis ‘amigos’ y donde sé lo que puedo decir y a qué público autorizo a leerlo o verlo.

Pero abrí una cuenta en Twitter.

Pocos meses después, todavía no entendía muy bien las ‘reglas del juego’ y me movía por el tuitoespacio de forma torpe, tímida, explorando. Apenas llegaba a los doscientos seguidores y en su mayoría eran amigos de la vida real. De repente, un día, ante un comentario mío a un conocido sobre el tipo de hombre que me gusta, otro tuitero me mandó un mensaje privado: “al final esto de Twitter será como un Meetic pero para gente con pretensiones intelectuales”.

Me puse roja al instante. No entendía qué significaba ese mensaje. Él tenía miles de seguidores, yo no llegaba a los doscientos. ¿Qué hago?, me pregunté. ¿Qué se supone que significa esto? Decidí contestar con naturalidad y eso desencadenó una conversación vía MD (máx 140 caracteres) de un par de horas. De ahí pasamos al mail y después de varios meses de mail diario, quise conocerle. Pasada la vergüenza inicial, no paramos de reír y charlar como hacíamos virtualmente. Con el tiempo, se convirtió en mi amigo pero yo había dado más valor que él a todas nuestras conversaciones. Para mí, había sido la primera persona virtual a quien había dejado entrar en mi vida real. Recordaba y valoraba cada charla, cada tema que habíamos compartido, cada risa que me había provocado o cada mal día que habíamos estado ahí apoyándonos. Él tenía más amigos virtuales. De hecho, se relacionaba mucho mejor en ese mundo que en el analógico. Un tiempo después, la amistad se rompió y a mi me costó mucho tiempo entenderlo. Esta semana, después de un año sin casi interactuar en ese espacio donde nos conocimos, dejamos de seguirnos mutuamente. Y aunque la historia ya estaba cerrada y ya había llorado en su día lo que tenía que llorar, me entristeció. Pero me hizo darme cuenta de lo que he aprendido desde entonces.

La intención, que mantengo casi intacta hasta día de hoy, es que mi cuenta en Twitter sea un perfil profesional. Hablo, leo y comparto información sobre mis intereses profesionales (que también lo son personales) de manera seria pero sin tomarme demasiado en serio. Dándole siempre visión personal pero intentando no desvelar información personal. Y así, Twitter me ha regalado contactos, multitud de nuevos aprendizajes y, aunque parezca imposible, amigos. Amigos analógicos, de carne y hueso, a los que puedo abrazar, invitar a comer o llamar por teléfono; y amigos virtuales. En uno de mis primeros encuentros en Madrid para desvirtualizar a amigos virtuales, una de ellas me dijo: “a veces me pregunto si mis novios de twitter saben que tengo pareja e hijo”. Eso llevó a una conversación divertida sobre lo fácil que es entablar una cierta complicidad, una intimidad virtual con personas (perfiles) a los que quizás nunca llegues a conocer. A los que incluso puede que ni siquiera quieras conocer pero que te encanta tener ahí, en ese mundo paralelo. Esos “novi@s de twitter” son personas solteras, casadas, polígamas, enclaustradas, poco importa. Gente que te respeta y te lo hace saber. Gente que te sigue con interés y un día, de repente, se atreve a enviarte un DM, un tuit directo, y empieza todo. Todos somos el “novio de twitter” de alguien. Gente con la que charlas, discutes, intercambias información y con la que acabas creando una pequeña relación de confianza. Unas bromas, palabras, tics propios que te hacen sentir más cerca. Pero con los que hay un acuerdo tácito de mantenerlo ahí. Ahora lo sé. Ahora valoro esas relaciones virtuales por lo que son. Las cuido (intentando no olvidarme de contestar siempre), las mimo y las dejo ahí, en el mundo virtual donde sólo te aportan cosas buenas y no te exigen (casi) nada a cambio.

Mi madre les llamaba sus “novios de comedor”. Ella, supervisora de enfermería en un gran hospital, compartía esa pequeña e inocente complicidad con algunos doctores, cirujanos, gestores, en el comedor. Cuando en alguna ocasión yo visitaba el hospital y comía con ella en el comedor de trabajadores, observaba como hombres guapos y estupendos le decían cosas bonitas. Mi madre, entonces soltera, agradecía los halagos sin darles importancia, regalaba una sonrisa o les decía “¿conoces a mi hija?”. Ante mi desconcierto porque no aceptase salir con alguno de esos hombres, me decía: “no es real, Sonia, son mis novios de comedor. Nunca quedaremos fuera del hospital ni nos llamaremos. Sólo hace más agradable el trabajo”.

Esos novios de comedor son ahora mis novios de Twitter.

¿Eres del NO o del SÍ?

Estos días me ha venido a la memoria un anuncio de finales de los 90s que decía

“¿Y tú de quien eres? Kas naranja o Kas limón.”

Sólo que en mi caso los grupos son los del NO o los del SÍ. Me explico. Mi jefa agrupa a los compañeros de trabajo en “los del sí” y “los del no”. Dice que hay gente que siempre tiene un “sí” para los demás. Pidas lo que pidas, están dispuestos a ayudar, a responder, a encontrar un momento para hacer tu vida más fácil. Y luego están esos del “no”. Los que, digas lo que digas, sin escucharte aún, ya tienen el “no” preparado en los labios. Así, cuando le pregunto “¿a quién debo pedirle esta gestión?”, me contesta “a fulanito. Tranquila, es de los del sí”.

Pues bien, esta semana otra compañera me sentenció: “tú es que eres DEMASIADO del sí”. Yo al principio me lo tomé a la tremenda. ¿Cómo va a ser alguien DEMASIADO amable, colaborador, predispuesto? Pero, pensándolo bien, cuánta razón tiene.

A mí es que me cuesta decir “no”, en general. Y también en particular. Y claro, luego pasa lo que pasa. Te entregas tanto a todo y a todos que no priorizas. Dices que sí a cosas que en realidad no te apetecen. A marrones que, en realidad, te van a hacer la semana agotadora, el mes complicado. Dices que sí por principio, sin pensarlo. Porque de pequeña tu mamá te enseñó que es lo educado. Y así, acabas teniendo a personas o relaciones tóxicas de las que no sabes cómo deshacerte en lugar de centrar tus energías y tu tiempo en las personas que tienen ese “sí” para tí.

Y eso que, con los años, una aprende. No mucho, y a ostias, pero aprende. Cuando pasas por pruebas de esas que la vida te pone. Cuando alguien de los que abusa de tus síes se pasa de largo. Cuando sientes que estás fallando a los tuyos, a los que de verdad te cuidan, por no saber decir “no” a gente que en realidad no importa. Cuando sientes que te fallas incluso a tí misma por dedicar esa energía a otros en lugar de a una. Entonces aprendes que, un poquito, debes aprender a decir “no”. Con educación, mamá, no sufras. Un “no” muy British si es necesario. Pero un “no” al fin y al cabo. Sólo así podrás decir “sí” sin compromiso. De corazón y feliz de pronunciarlo.

Cuando me pregunten ¿eres del sí o del no? Debo aprender a contestar: “depende”.

El afán de agradar

Hace unos días conocí a dos mujeres estupendas. De esas que ya han ido y han vuelto del feminismo y que dicen lo que piensan tal cual, sin complejos ni tapacorchos. Que llevan sus vidas, sus parejas, sus hijos, tan bien como saben y pueden y resulta que lo hacen de miedo. De las que saben que el sentido del humor real empieza por uno mismo. O una, en nuestro caso. Y que nada hace la vida más llevadera que una buena sesión de risas.

Ahí estábamos las tres. Después de un acto no serio sobre un tema muy serio. Pero éso era lo de menos. Estábamos las tres, tan contentas con nuestros vasos, rodeadas de amigos, compañeros, hijos y conocidos. Pero en un corrillo de a tres. Y sin callar, interrumpiéndonos, soltando a borbotones nuestros pensamientos sin ponerles freno… Hasta que una de ellas dijo: “ya está, ya he vuelto a hablar más de la cuenta. Es que me puede el afán de agradar”.

Inmediatamente, como si de una gurú espiritual se tratase, me invadió un desasosiego enorme. Como si me acabasen de quitar un saco de sacos de encima. Como si por fin, alguna persona generosa acabase de compartir conmigo un secreto a voces que todos sabían pero nadie compartía: que cuando estamos nerviosos y queremos agradar, tenemos incontinencia verbal. Y que no sólo me pasa a mí.

Yo, tan sociable y abierta que soy. Yo, la que mis amigos mandan la primera como de avanzadilla militar que chequea el terreno… yo. Yo también me pongo nerviosa cuando conozco a alguien nuevo y me impresiona por cualquier motivo. Y a veces digo cosas que, antes de llegar ni siquiera al instante, ya me arrepiento de haber pronunciado.

Nunca agradeceré a estas dos mujeres tanta generosidad. Porque las admiraba antes de conocerlas pero ahora que sé que además también son tan humanas como para equivocarse y además, compartirlo conmigo, las adoro.

Ahora me siento mucho mejor. Cuando veo que he metido la pata con alguien nuevo o desconocido, pienso en ellas. Es el afán de agradar, me digo, y me consuela. Como esos males de muchos.