Nunca estás preparada

Para decir adiós.

Para abrazar a alguien sabiendo que no volverás a verle.

Para condensar, en unos instantes, todo lo que sientes, hueles, ves, evocas, al estar con esa persona.

Nunca estás preparada para decir adiós y, a pesar de ello, lo dices constantemente. Al salir de casa de tu padre. Al cruzarte con algún conocido mientras paseas por el barrio. Al despedirte de amigos tras uno o varios cafés y una charla que parece no terminar nunca. Pero termina. Y te despides. Antes de colgar el teléfono, antes de salir de una tienda, antes de abandonar el aula donde acabas de dar clase.

Lo dices porque sabes que volverás a verles. Crees que volverás a verles. Y la mayor parte de las veces, será así. La vida sería invivible si fuera de otro modo.

Pero hay veces, las menos, que ese adiós es de verdad. Y entonces sientes que no fue un adiós sentido. Que no lo pensaste. Que no lo aprovechaste.

Despedirte de alguien que se ha ido es difícil. Hacerlo de alguien que sigue ahí es extraño. El que se va te permite moldear los recuerdos y archivarlos según tu gusto. Quien se queda, no.

Amigos que siguen otros caminos, parejas que dejan de serlo o mayores o enfermos que se desvanecen ante ti sin que puedas hacer nada por recuperarlos.

Ver cómo esa persona a quien quieres se consume en su enfermedad, empieza a no reconocerte, a no emocionarse al verte. Comprobar cómo ese mayor que ha sido tu guía y tu camino deja de razonas las cosas. Saber que esa amiga a quien creíste que nunca ya perderías porque lo habíais vivido todo juntas, tiene una niña, se casa, se separa, y tú no estás a su lado para abrazarla. Ese compañero a quien creíste besarías al acabar el año estará bailándolo en otro lugar, con otra gente. Siguen con su vida como si sólo hubieses sido un paréntesis, una actriz de reparto que salía en algunas escenas, una figurante del montón. Y entonces, sólo entonces, entiendes que hay muchos tipos de adioses y que debes levantarte y continuar.

En 2016 me he despedido de una parte importante de quien he sido hasta ahora. De una parte de en quién pensaba que apoyaba mis pilares, mis cimientos, mi piedra cero. Y parece que sigo manteniéndome en pie, erguida. Cuesta, no lo negaré. Seguir caminando cuando te cortas una pata es difícil. Dejarla atrás, aprender a caminar con un nuevo ritmo, otro movimiento. Encontrar, quizás, algún día, algo con lo que reemplazar esa pata o, mejor aún, inventar una pata nueva, quién sabe.

De momento, no estaba preparada pero me he obligado a estarlo. Y así, la vida sigue y tú no bajas del tren porque sabes a dónde quieres ir, aunque tardes más, aunque des más vuelta.

 

 

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